Enero llega cada año cargado de buenas intenciones. Es el mes de los comienzos, de los propósitos que se renuevan y de la sensación colectiva de que todavía estamos a tiempo de cuidarnos mejor. Entre ellos, uno de los más repetidos sigue siendo apuntarse a un gimnasio. No es una percepción: las cifras lo confirman. Al inicio del año, las inscripciones a gimnasios aumentan entre un 45% y un 60%, convirtiendo las primeras semanas de enero en el momento de mayor afluencia del sector fitness. Pero hay una parte de esta historia que rara vez se cuenta.
A la par que ese entusiasmo inicial, los datos muestran otra realidad menos visible: alrededor del 50% de las personas que se inscriben en un gimnasio abandonan antes de seis meses, y muchas lo hacen incluso en las primeras semanas. Durante años, este abandono se ha atribuido casi exclusivamente a la falta de constancia o motivación individual. Sin embargo, esta explicación deja fuera factores clave.
En los últimos años ha comenzado a visibilizarse un fenómeno que ayuda a comprender mejor lo que ocurre: el gymtimidation. Un término que hace referencia a la intimidación, el miedo o la incomodidad que muchas personas sienten en espacios deportivos. Diferentes encuestas señalan que entre un 35% y un 40% de las personas se han sentido intimidadas en un gimnasio, una experiencia especialmente frecuente entre mujeres, personas con cuerpos no normativos y personas que viven con obesidad.
No hablamos solo de no saber por dónde empezar o cómo usar una máquina. Hablamos de miradas que pesan, de comparaciones constantes, de espejos que amplifican la autoexigencia y de la sensación de estar siendo evaluado desde el primer momento. Hablamos, en definitiva, de no sentirse parte.
Desde la Asociación Nacional de Personas que viven con Obesidad (ANPO) queremos poner el foco precisamente en ese trayecto invisible que va del entusiasmo inicial al abandono prematuro. No para señalar ni culpabilizar, sino para comprender. Porque abandonar no suele ser un acto de pereza, sino una respuesta al cansancio emocional que generan determinados entornos. Cuidar la salud no debería implicar atravesar un campo de obstáculos emocionales. No debería suponer sentir que hay que adelgazar antes de empezar, mejorar antes de cuidarse o “merecer” ocupar un espacio que, en teoría, existe para el bienestar de todas las personas. Sin embargo, muchas personas viven la actividad física desde la vergüenza, el juicio o la exclusión.
La paradoja es evidente: quienes más podrían beneficiarse de espacios seguros para moverse y mejorar su salud son, a menudo, quienes antes se van. Y no porque no quieran cuidarse, sino porque el entorno no les cuida.
Si de verdad queremos hablar de salud, prevención y hábitos sostenibles, es necesario ampliar la mirada. No basta con celebrar las cifras de altas en enero; es imprescindible preguntarse quiénes se quedan, quiénes abandonan y por qué. Crear espacios accesibles, respetuosos y libres de estigmas no es una cuestión estética ni una moda: es una condición básica para que el cuidado sea real y duradero.
Este comienzo de año puede ser una oportunidad no solo para revisar nuestros propósitos individuales, sino también para repensar los entornos en los que intentamos cumplirlos. Porque el bienestar no empieza con una suscripción ni termina frente a un espejo. Empieza cuando nadie siente que estorba por intentar cuidarse.
